Cuando terminé de leer Solo Para Fumadores de Ribeyro pensé que eso de los cigarros solo era algo perteneciente única y exclusivamente a los escritores y poetas. De hecho me consideré un tiempo uno de ellos pero a la larga la vida me hizo entender que no pertenecía ni a uno ni otro pelotón. Digo pelotón porque hay que encarar la vida bien guerreramente para considerarse de uno de los bandos mencionados.
Cuando la primera vez traté de dejarlos, a los cigarros es que me refiero, fracasé por una cuestión de salud. Porque por encima de la salud física está la mental; me dije. Entonces fumé mucho para olvidar todo lo que un muchacho bueno que empieza a corromperse como solo yo lo sé hacer necesitaba para espantar los males del corazón y de la sazón o desazón. Fracasé con mucha honra, con mucha concha y verguenza. Entonces me dediqué a ser un ferviente de los cigarros.
Cuando después del segundo, tercer, cuarto y renegado quinto intento fracasé me di cuenta que esta esclavitud solo era un intento de desprenderme del mundo cuanto antes. Entonces me vino la honda de la salud las verduras y meterme a la boca todo lo verde que no camine en 8 o 12 patas. Me volví un atleta dedicado aunque con un cuerpo más batracio que otra cosa. Pero lector, adivine... fracasé nuevamente.
Deduzco que fracasé porque descubrí que dejé lo que más amaba en la vida y lo dejé sin pena ni gloria. Lo dejé porque quería, decidí un día renunciar no por completo pero sí de una forma mucho peor: Estarás en mí pero nunca te dejaré salir. Así fue como quedé un hombre completamente vacío, triste y resolano. Resolano me refiero cuando el sol te cae y tu piel expuesta le cae la resolana y quedan pequeñas partes más bronceadas que otras y entonces esos pedacitos se sienten en su gloria pasajera y mortífera de ser estrellas únicas unos pocos minutos hasta antes que se ponga la noche. En ese momento quedan en el recuerdo, en el olvido y en alguna parte que nadie más sabrá.
Estoy vacío y lleno de humo, literalmente. El humo está tapeando todo los lugares que dejaste y aunque aún estás de algún modo sé que no estás, sé que me hiciste un hombre libre y esclavo a la vez, un hombre tirano y pacífico, un hombre de la nada, un nothingman con un betterman dentro de una cloaca.
Cuando trate de dejar el cigarro nuevamente trataré de escribir algo menos capcioso y menos resignado. Lo prometo.
